Meteoro sois
Cuentan mis abuelos
Que en el pasado
Una gran roca
Del cielo cayó
Y un viejo herrero
Dióle tres golpes
Y como campana
Se puso a sonar
¡Ved, mirad! Meteoro sois
Por más que seas celeste
Y todos te respeten
¡Igual te han de robar!
Llevaron la piedra
Al centro del pueblo
Y allí la pusieron
En un pedestal
Piedra del cielo
Campana Sagrada
Por casi cien años
Mi pueblo te honró
¡Ved, mirad! Meteoro sois
Por más que seas celeste
Y todos te respeten
¡Igual te han de robar!
Y llegó un extranjero
Que en nombre de la ciencia
A la piedra de cielo
Se quiso llevar
Y la gente de mi pueblo
Que a la piedra respetaba
Opusole resistencia
Y no lo permitió
¡Ved, mirad! Meteoro sois
Por más que seas celeste
Y todos te respeten
¡Igual te han de robar!
Y el aventurero
Fue a ver al gobernante
El Padre de la Patria
¡El gran General!
¡Oh, mi General!
Concedédme el mineral
Que una gran estatua a cambio
¡Voy a haceros instalar!
¡Ved, mirad! Meteoro sois
Por más que seas celeste
Y todos te respeten
¡Igual te han de robar!
Ya seducido el gobernante
El extranjero regresó
Y en medio de la noche
El meteoro sustrayó
Y de ese día hasta hoy
En el centro de mi pueblo
Se yergue aquella estatua
¡Honor a la corrupción!
¡Ved, mirad! Meteoro sois
Por más que seas celeste
Y todos te respeten
¡Igual te han de robar!
¡Ved, mirad!
Por más que seas celeste
Y todos te respeten
¡Igual te han de robar!
Esta canción conmemora la triste historia del meteorito de Santa Rosa de Viterbo, población del centro de Colombia, donde viví parte de mi niñez.
En 1810, una campesina llamada Cecilia Corredor fué testiga del impacto de un gran meteoro, y durante casi un siglo el pueblo lo conservó, montado sobre una columna de piedra en la plaza principal, construyendo alrededor de él una pequeña reverencia local. Leyendas se contaban del aerolito, mi abuela misma me contaba que si le pegabas con un matillo, éste resonaba como una campana. Después, en 1910, llegó un estadounidense, Levy Appel, quién convenció a las autoridades de cederle el meteoro a cambio de una estatua del General Rafael Reyes, presidente de la época. Y la piedra se fue a Chicago, cortada en pedazos, parte de ella sin volver jamás.
No tuve que inventar la corrupción. Es la ley general con la que seguía topándome al leer historia colonial y poscolonial, que la reverencia nunca ha sido protección suficiente contra alguien más poderoso decidiendo el destino de un objeto.
Lo que más se me quedó de la crónica es la imagen de la columna vacía, todavía en pie en la plaza un siglo después, honrando ya no nada más que la transacción que la vació. Quise que la canción también terminara ahí, en el monumento hueco más que en el robo mismo, porque esa es la parte que la extracción siempre deja atrás, un pedestal sin nada sagrado encima.